Las elecciones de EEUU marcan el rumbo del mundo. Hay dos factores que se van a replicar en todas las potencias occidentales: las organizaciones de izquierda han perdido su conexión con la clase trabajadora y, contra la incertidumbre, la población ve con buenos ojos una figura populista que ofrezca, sobre todo, determinación. Es de esperar que las principales medidas de Trump serán el proteccionismo económico y el cierre de fronteras. Es la receta que mejor funciona cuando se percibe que “ya no hay para todos”, como, desgraciadamente, pudimos comprobar con el ascenso de los fascismos del siglo pasado.
La situación es explosiva a nivel interno. A falta de votos por contar en el oeste y el estado de Nueva York (ambos mayoritariamente demócratas) el mapa muestra un país partido en dos. La diferencia de votos será de solo 2 millones y de un 1,7% del voto a favor del ganador. A pesar de ello, Trump controlará Congreso, Senado y poder judicial. Los demócratas ganan con diferencia en los estados más potentes económicamente, con la excepción de Michigan, un estado industrial donde perdieron por 80.000 votos. Realmente son los demócratas los que pierden las elecciones porque les han dejado de votar casi 7 millones de personas respecto a 2020 e, incluso así, Harris suma más votos que Trump en las anteriores elecciones. Los republicanos ganan en todo el interior, económicamente rural, socialmente atrasado y poco poblado. Es una incógnita cómo reaccionará la mayoría social en los estados progresistas cuando Trump despliegue su agenda conservadora: al contrario que en 2020, Trump está poblando de ultras los resortes del estado norteamericano.
A nivel internacional hay muchos frentes abiertos: cuál será la relación de Trump con Putin, si dará vía libre a la formación del Gran Israel en Oriente Próximo, cómo gestionará el ascenso de los BRICS o si Europa queda marginada del orden internacional. También es una incógnita cómo afectará todo esto a las relaciones entre países y a la movilidad internacional.





